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Vanessa Arauz

Selección femenina de Ecuador, 2012-2018

Ellos no creían que yo podría ser su entrenadora.

Así que les propuse un reto.

“Si me dicen tres lados por donde lanzar un penalti y acierto, me van a dar la oportunidad de enseñarles”.

Fue el acuerdo al que llegué con los jugadores. Ellos aceptaron. Sin embargo, no sabían que había “truco”.

Yo había sido una buena lanzadora de penaltis como jugadora.

Marqué los tres goles por cada lado que me habían dicho y, a partir de ese momento, cambió su forma de trabajar conmigo. Ya no había resistencia por su parte.

Esa fue mi primera experiencia como entrenadora, asistente del técnico principal -Carlos Nuñez- en Guayaquil, en la Segunda división de Ecuador. Formaba parte de mis prácticas después de graduarme en 2011.

Pero llegar hasta ahí no fue fácil. La gente no creía posible que una mujer pudiera ser entrenadora de fútbol en Ecuador.

Matthew Lewis - FIFA/FIFA via Getty Images

Me pasaba desde el colegio. Ya sabes, los profesores siempre te preguntan qué quieres ser de mayor. Los chicos decían bomberos. Las chicas, enfermeras o doctoras.

¿Y tú, Vanessa?

“Entrenadora de fútbol”. Casi todos se lo tomaron a broma. Pero para mí no lo era.

Me encantaba mucho el fútbol. No voy a mentir, con esa edad no me fijaba en entrenadores o entrenadoras. Pero sí lo hacía en jugadores, como Ronaldo o Ronaldinho. Sentía ya entonces que como entrenadora podía tener más oportunidades de las que había recibido como jugadora hasta ese momento. Tal vez un pensamiento muy maduro para una niña de 10 años, pero creo que siempre he ido un poco adelantada a mi edad.

“Éramos 70 compañeros y al final nos graduamos solamente 22. Fui la segunda de mi promoción con una nota de 19,54”

Años después, cuando conseguimos la clasificación para el Mundial, muchos de esos compañeros y compañeras me dijeron sorprendidos: “¡No estabas bromeando, hablabas en serio!”.

“Claro que hablaba en serio. Nunca era mentira que iba a ser entrenadora de futbol”, les decía.

Mis estudios los iba a hacer fuera, porque hasta ese momento -2008- no había un lugar en Ecuador donde estudiar fútbol. Pensaba ir a Argentina, pero para mi suerte se abrió un instituto de la federación en mi país y pude entrar en la primera promoción. La primera entrenadora del país. Éramos 70 compañeros y al final nos graduamos solamente 22. Fui la segunda de mi promoción con una nota de 19,54.

Después de graduarme, ocurrió algo que nunca habría esperado. El presidente de la Federación de Fútbol de Ecuador anunció públicamente que le parecía muy interesante que una mujer pudiera obtener esa nota entre tantos chicos.

Y como una especie de premio me otorgaba ser asistente de la selección femenina, la primera en la historia de la Selección.

Esa declaración llamó la atención de toda la prensa, que se me acercó. Era la primera vez que tenía 20 micrófonos frente a mí. Intimida.

“¿Qué opina del cargo que le acaban de dar como asistente técnica de la selección femenina?”, preguntaban. Pero yo ni siquiera sabía lo que iba a pasar. No tenía muy claro qué contestar.

Pasaron los meses y no tenía noticias. Yo tampoco consideraba oportuno ir a la puerta de la Federación y reclamar mi puesto. En definitiva, estaba recién graduada. Necesitaba ganar experiencia, que era lo que estaba haciendo en mi equipo.

Así que continué con mi trabajo en el equipo de varones.

Pero a finales de 2011 me llamó el coordinador de selecciones de la Federación. “Te estamos llamando por el cargo de asistente técnico que se te hizo el ofrecimiento a inicios de este año”, me dijo. “No te lo dimos recién graduada porque no había competencias en esa época. Recién comenzaron. Por eso queremos que empieces ahora”.

Seguí ese camino como asistente, una etapa que me ayudaría a seguir ganando experiencia.

Pero llegó un gran cambio a finales de 2012. La Federación decidió prescindir del entrenador que estaba en el equipo femenino. También salió todo el cuerpo técnico, así que yo me quedé en standby, sin saber lo que pasaría conmigo.

Un día me citaron en la Federación. “Vanessa, el próximo lunes por la tarde el presidente quiere hablar contigo”.

Yo pensaba que me iban a decir cuál iba a ser el nuevo entrenador o entrenadora. Pero no.

“La nueva entrenadora vas a ser tú, hemos decidido darte la oportunidad. Vamos a formarte, a apoyarte en todo lo que necesites y podrás elegir el asistente que te acompañe”.

La verdad que no sabía qué decir en ese momento porque sentía que era una responsabilidad bastante grande.

Recuerdo que hablé con mis papás sobre la decisión que debía tomar. Ellos siempre me han apoyado en todo lo que he hecho. Mi papá incluso es casi como mi analista. Durante los campeonatos me informa por teléfono de los equipos, las mejores jugadoras, los partidos que han jugado nuestros rivales.

Su respuesta fue clara: “Hija, si sientes que puedes hacerlo, hazlo. Porque al final nunca se sabe cuándo es el tiempo de las cosas. Cuando llegan las oportunidades hay que hacerlo”.

Asumí esa responsabilidad.

Al principio fue duro. Me tocaba manejar a jugadoras algunas de ellas con la misma edad que yo (25 años) o incluso mayores. Pero esa experiencia me ayudó mucho.

Teníamos por delante la oportunidad de jugar el primer Mundial femenino del país. Algo que no se nos podía escapar.

“Más allá del Récord Guinness, hay algo más importante. Marca un precedente en un medio que es muy duro solo por el hecho de ser mujer”

Ganamos a Argentina en casa para ir al repechaje ante Trinidad y Tobago. Un partido increíble en Puerto España. La selección femenina de Ecuador nunca había tenido la oportunidad de jugar fuera de Sudamérica. Por así decirlo era nuestra primera experiencia internacional, con el nerviosismo del resultado y de llegar a un estadio lleno de gente. Había 20.000 personas en las gradas. Ellos tenían programado el partido como una fiesta para clasificar para el Mundial.

Marcamos el gol que nos dio el pase al Mundial en el minuto 91. 0-1, un gol de Mónica Quinteros. Una jugadora que hizo un tremendo esfuerzo para estar con nosotras, dejando su trabajo de profesora de Educación Física en un colegio para participar en los últimos partidos de la clasificación y luego en el Mundial.

El momento del gol fue impresionante, con alegría y felicidad. Además, hay una divertida anécdota sobre ese momento.

Yo no lo celebré con las jugadoras. Pero es que nunca lo hago.

Después de cada gol suelo correr al lado contrario del gol. No lo hago por ninguna superstición ni nada de eso, simplemente es una manera de vivir el gol como si lo hubiera marcado yo. Pues bien, ese día, después del partido, las jugadoras me preguntaron: “Entrenadora, ¿dónde estabas? Te estuvimos buscando para celebrar el gol contigo y no pudimos”. Yo me había ido a mi lado derecho, a la zona donde estaba el preparador físico calentando con varias futbolistas más.

Días después de clasificarnos para el Mundial recordé un comentario que me había hecho un periodista.

“Vanessa. ¿Sabe que si clasifican usted puede ser la entrenadora más joven del mundo en un Mundial?”.

Eso me despertó intriga y me puse a buscar cómo se podía solicitar un Récord Guinness.

Hice toda la investigación y vi que era muy sencillo. Había que mostrar fotos, videos, noticias, explicar y solicitar el récord.

Ellos lo analizaron durante seis meses y cuando faltaban tres días para empezar el campeonato del mundo contra Camerún me enviaron un correo electrónico.

“El 9 de junio de 2015 en el momento que tú salgas a dirigir el partido Ecuador-Camerún tu récord se hace oficial y te lo notificaremos, a través de la web de Récord Guinness y a través de una carta”.

Ahí también me dijeron que en el Mundial de 1930 el entrenador argentino Juan José Tramutola tenía 27 años y 267 días. Es decir, que en teoría tenía el récord antes que yo, pero nunca lo solicitó oficialmente.

Al salir al campo ante Camerún yo tenía 26 años y 127 días. Un récord tanto en mujeres como hombres.

Pero más allá del registro, hay algo más importante. Marca un precedente en un medio que es muy duro solo por el hecho de ser mujer.

Tengo el diploma del récord enmarcado en mi habitación en mi casa de Ecuador.

Y cuando me levanto cada mañana y lo veo, me digo.

“No hay cosas imposibles”.

Vanessa Arauz

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