Fotografía: Shaun Botterill/Getty Images

Sergio "Checho" Batista

Seleccionador de Argentina, 2010-2011

Un partido. Después ya se vería.

La primera vez que me puse la Albiceleste fue en un amistoso ante México en Los Ángeles, apenas siete meses antes del Mundial de 1986.

Carlos Bilardo (abajo) sabía cómo jugaba porque me había tenido dos años antes en las categorías inferiores de Argentina. Conocía la clase de persona y el jugador que era. Sabía lo que podía dar a la selección.

No obstante, en ningún momento me habló de futuro. Tenía que ganarme el puesto si quería ir al Mundial.

Bilardo fue el entrenador que nos acostumbró a ganar y nos hizo ver a todos lo que significaba jugar un Mundial. Sinceramente creo que ese año fue el mejor de mi carrera como futbolista.

“Maradona lo tenía claro: quería ser campeón del Mundo. Para mí es el mejor jugador de la historia y en ese Mundial lo demostró”

Bilardo también nos convenció de su manera de jugar. Llevó tiempo, pero terminamos captando su idea. Las charlas que daba señalaban a un tipo obsesivo con su trabajo. Siempre estaba encima de cada pequeño detalle, controlándolo todo.

A cualquier hora.

Era una persona que casi no dormía. Así que si se le pasaba algo por la cabeza iba a tu habitación y te lo contaba, aunque estuvieras durmiendo. Una vez terminada la charla cerraba la puerta y se iba. Luego tú te volvías a la cama. Lo hacía antes del primer partido o en la noche previa a la final.

Pero no solo pasaba eso durante las concentraciones.

A lo mejor sonaba el teléfono en casa de madrugada y era él para contarte algo. Vivía las 24 horas para el equipo sin importarle otra cosa. Pero Bilardo era así. Lo conocíamos y estábamos acostumbrados.

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En México nos encontramos con la mejor versión de Maradona. Diego lo tenía claro: quería ser campeón del Mundo. Hizo lo imposible por conseguirlo. Sobre el verde y fuera. Un líder en todos los sentidos. Para mí es el mejor jugador de la historia y en ese Mundial lo demostró.

Tenerlo a nuestro lado nos daba una enorme tranquilidad. Éramos diez jugadores sabiendo que teníamos la ventaja de tener a Maradona en nuestro equipo. Si él quería ganar, se ganaba.

Pero donde más te sorprendía era en los entrenamientos. En los partidos lo disfrutabas, pero sin las cámaras, en esa intimidad, era algo espectacular. Hacía cosas que no eran normales. De otro planeta.

“Es un privilegio haber compartido vestuario con Maradona como jugador y con Messi como entrenador”

Años después, tuve esa misma sensación con Lionel Messi. Aunque todavía era muy joven (21 años), ya se le veía un enorme potencial. Al contrario de lo que muchos piensan otros, no creo que a Messi le haga falta un Mundial para decir que es el mejor jugador del mundo actualmente.

Es un privilegio haber compartido vestuario con Maradona como jugador y con Messi como entrenador. Jugadores a los que un técnico no tiene que decirles nada. Basta con indicarles su ubicación dentro del campo. Luego sabes que ellos deciden.

Más allá de Maradona, hicimos un grupo (abajo) muy fuerte. Bilardo nos había enseñado la importancia de tener un bloque unido, fortificándolo día a día. Teníamos reuniones antes y después de los partidos. Solo los jugadores. Ahí nos decíamos todo lo que nos teníamos que decir. No quedaba nada adentro.

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Todo esto nos llevó a ganar el campeonato, aunque luego de ganar la final a Alemania por 3-2 no notamos realmente nada diferente. En esos instantes no nos dimos cuenta de lo que habíamos conseguido.

Realmente fuimos conscientes de que habíamos sido campeones del mundo cuando llegamos a Argentina. Me asomé por la ventana del avión al aterrizar y vi una cantidad increíble de gente. No podíamos ni bajar las escaleras. Luego tardamos doce horas en llegar desde el aeropuerto a la Casa Rosada. En ese trayecto me di cuenta de lo que significaba para la gente ese título.

Pero el fútbol no para. Una semana después ya estaba jugando un partido de la Copa Libertadores con Argentinos Juniors. No tuve ni una semana de vacaciones.

En mi caso, no sé si les ocurre a otros, diría que no me costó volver al mundo real tras ganar el Mundial. Me fui a México siendo de una manera y volví igual. Seguía teniendo los mismos amigos, vivía en la misma casa y tomaba café en el mismo bar de siempre.

La segunda vez que me crucé con Argentina fue muchos años después, en 2008, ya como entrenador, en la Selección Sub 20.

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Antes tengo que decir que empecé en esta nueva faceta de una manera distinta a lo habitual, siendo entrenador-jugador en Tosu Futures, en Japón. Tras cuatro años así, decidí que me retiraba como futbolista para dedicarme cien por cien a ser entrenador.

La decisión estaba clara, pero, sin esperarlo, surgió una opción. Me ofrecieron volver a Argentina para jugar en el Club Atlético All Boys. Estuve dos temporadas más, hasta que el club me propuso ser el entrenador. Ese fue mi comienzo definitivo como técnico.

Como entrenador uno disfruta del fútbol, pero, sobre todo, del trabajo con los jugadores. En la Sub 20 me tocó trabajar con una de las mejores camadas que ha tenido Argentina en su historia. Di María, Gago, Banega, Messi, Lavezzi… Daba gusto verlos jugar. Profesionales de una enorme carga técnica y gran personalidad.

El reto era ganar los Juegos Olímpicos de 2008.

“La gente se me acerca y me dice: ‘Sergio, tú fuiste el último que ganaste un título con la selección argentina’. Y de eso hace ya once años”

Recuerdo que hice la lista de 23 jugadores en menos de una hora. Pero hacerla en poco tiempo no quiere decir que fuera fácil.  Tuve que dejar afuera a jugadores de una enorme calidad.

Como ocurre siempre, hay críticas desde fuera a tus decisiones, pero armé el equipo en función de mi concepto del juego, añadiendo los tres veteranos que dejaba el cupo del campeonato. Mascherano, Riquelme y “Nico” Pareja.

Los elegí en función de las necesidades del equipo. Quería un defensor. La primera idea era Burdisso, pero no pudo venir. Así que llamé a “Nico”, al que conocía bien de Argentinos Juniors. De Mascherano y Riquelme -ya internacionales en la selección mayor- sabía lo que podían aportar dentro y fuera de la cancha. Era importante tener a jugadores de su veteranía y experiencia en un grupo tan joven.

Antes de viajar a Pekín, el grupo tuvo una charla muy importante en la concentración en Argentina. Ahí los chicos se propusieron ganar el oro. Lo querían hacer, por encima de todo, por su país.

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Jugamos partidos muy duros, contra rivales de gran calidad y muy físicos. Sobre todo, la final ante Nigeria. Se decidió con un gol de Di María. Como señalaba antes, gracias a jugadores que podían definir un partido en cualquier momento. Fue en una jugada con tres toques que acabó con un disparo a gol de Di María.

Sin embargo, muchos no destacaron ese triunfo. Creo que no se valoró lo suficiente el Oro Olímpico. Pero con el paso del tiempo, curiosamente, esa perspectiva ha cambiado. La gente se me acerca y me dice: “Sergio, tú fuiste el último que ganaste un título con la selección argentina”. Y de eso hace ya once años…

“Ha surgido una nueva corriente en la Selección. A diferencia de mi etapa, creo que se están empezando a hacer bien las cosas”

Cerré el círculo con Argentina años después. Mi etapa en la Sub 20 me llevó a dar el último paso. Estaba en una concentración con el equipo en un campeonato de Paraguay.

Allí me llegó una orden de Julio Grondona, presidente de la Federación, de hacerme cargo del primer equipo porque Maradona había salido tras el Mundial de Sudáfrica de 2010. Antes de hacer nada, pregunté si se había cerrado todo con él. No me gusta hablar cuando todavía hay otro compañero en el puesto.

Me dijeron que todo estaba solucionado con Diego. La propuesta recogía que iba ser el entrenador y después verían si seguía. Era una prueba.

Jugamos contra Irlanda, Portugal, Brasil y España. Ganamos los cuatros partidos. El mejor de ellos fue ante España, en la cancha de River Plate. España había sido campeón del mundo un mes antes, con jugadores de enorme calidad. Ese día estuvimos muy acertados ganando 4-1.

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Tras esos partidos, Grondona, también con el apoyo de los jugadores, me dijo que se terminaba mi etapa de entrenador interino para quedarme como seleccionador para afrontar la Copa América, edición que se jugaba en casa. Eso añadía todavía más presión a la cita.

Intentamos mantenernos al margen y preparar el equipo de la misma manera que hice para Pekín. Sin embargo, a veces en el fútbol las cosas no salen.

Después de clasificarnos en la fase de grupos -empatamos los dos primeros partidos y ganamos el último a Costa Rica- en cuartos de final nos tocó Uruguay. Jugamos nuestro mejor partido de todo el campeonato, pero perdimos por penaltis (5-6).

Tras esa eliminación me tocó salir de la selección. Aposté por buscar lugares donde poder alejarme de tanto ruido.

Primero China y más tarde en Qatar.

Sitios con un fútbol y una cultura distinta. Por supuesto también existe la presión por ganar, pero no tienen esa enfermedad que hay en Argentina. Esa que dicta que si no ganas un partido, el proyecto se destruye.

Por esa razón hay tanto cambio de entrenador. La ecuación es sencilla. Argentina juega campeonatos internacionales cada dos años (Mundial y Copa América). Y en los últimos doce años, como no se ha conseguido ganar nada, han pasado hasta ocho técnicos. Yo soy uno de esa lista.

Por suerte, algo está cambiado. Ha surgido una nueva corriente en la Selección. A diferencia de mi etapa, creo que se están empezando a hacer bien las cosas.

Necesitamos crear un proceso de formación donde no debe haber prisas por ganar, sino paciencia por construir un proyecto de cara al futuro.

Esperemos que se consiga y volvamos a ser lo que fuimos.

Sergio "Checho" Batista

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