Fotografía: Dean Mouhtaropoulos

Sarina Wiegman

Seleccionadora de Holanda, 2017-Presente

Sabía que sería algo grande.

Pero cuando el autobús del equipo salió de la autopista y vimos tanta gente alrededor del estadio -todos de naranja, apoyándonos- fue increíble.

Toda mi historia se me pasó por la cabeza. También la historia del fútbol femenino en Holanda. No podía creer que esto estuvera sucediendo.

Me pregunté a mí misma: ¿Fue realmente hace apenas 30 años cuando ni siquiera se nos permitía jugar al fútbol?

Cuando en La Haya comencé a patear un balón en la calle, casi siempre era con chicos. No había equipos de mujeres entonces, así que me dejaba el pelo corto y jugaba en equipos con mi hermano gemelo.

A veces, cuando la gente veía que era una niña, me ponían problemas. En otras ocasiones reaccionaban bien. Sin embargo, la mayor parte del tiempo me resultaba difícil poder jugar.

Pero cuando a los 16 años entré en la selección nacional un nuevo mundo se abrió para mí. Un año después de debutar con Holanda fuimos a China, donde la FIFA estaba montando un torneo como prueba para ver la posibilidad de organizar un Mundial femenino.

Fotografía Dean Mouhtaropoulos de Getty Images para The Coaches' Voice

Ese viaje fue una de las grandes experiencias de mi carrera. Creo que es por eso que lo recuerdo tan bien. “El Cisne Blanco”, así se llamaba el hotel. Un buen campo para entrenar. Íbamos a los partidos con escolta policial.

También atraíamos grandes multitudes. En cada partido había cerca de 15.000 personas en las gradas, algo nuevo para nosotras.

Al final perdimos ante Brasil, injustamente creo. Pero crecimos mucho en ese torneo. Se demostró que con más oportunidades de entrenar y mejores instalaciones, seríamos un equipo muy bueno, algo que ya de por sí éramos por entonces.

Fue en China cuando conocí a Anson Dorrance. Era el entrenador titular de la selección nacional estadounidense y encabezaba el programa de fútbol femenino en la Universidad de Carolina del Norte. Le dije que estaba interesada en jugar en EE.UU.

“El año que pasé en EE.UU. cambió mi vida. Cambió mi forma de pensar”

En Holanda sentí que siempre estábamos en una lucha por conseguir nuestro lugar. Como si no fuésemos aceptadas. Quería más y sabía que en EE.UU.  las cosas eran mejores para el fútbol femenino.

El nivel era bueno y yo tendría la posibilidad de combinar el desarrollo de mi juego con los estudios.

Así que me fui a Norteamérica. Nunca había estado lejos de casa por tanto tiempo. Tampoco había estado en EE.UU. No sabía qué me esperaba.

KNVB Media

Nunca olvidaré ese viaje en avión. Estaba tan nerviosa. Tan fuera de mi terreno familiar. Me preguntaba todo el tiempo: ¿Estoy haciendo lo correcto?

No debí haberme preocupado. EE.UU. era como un paraíso futbolístico para mí.

Había reconocimiento a lo que hacíamos. Las instalaciones eran estupendas y teníamos entrenadores buenos y apasionados por lo que hacían.

El año que pasé allá cambió mi vida. Cambió mi forma de pensar. En EE.UU. encontré algo que estaba buscando.

Estaba con un grupo de mujeres y niñas que querían lo mismo que yo. Estoy segura de que habría algunas chicas en Holanda como yo, pero ellas no estaban en el ambiente que me rodeaba.

En EE.UU. sentía que los entrenadores querían hacerte trabajar duro y desarrollarte como jugadora, pero también querían cuidarte.

Anson estaba muy concentrado en el aspecto competitivo, pero se interesaba en ti como ser humano. No solo como jugadora de fútbol. Quería que fuésemos como una pequeña familia y lo podías sentir. Todavía utilizo lo que aprendí durante ese año en términos de cómo sacar lo mejor de las demás y de mí misma. No obstante, lo más importante que me llevé fue las ganas de poder ver en Holanda esa determinación de hacer las cosas que viví en EE.UU.

Pero cuando regresé a casa, nada había cambiado.

Era muy frustrante. Sentía que no me comprendían y no podía explicárselo a la gente. ¿Cómo explicarlo sin que hubiesen estado allí?

Se me pasó por la cabeza renunciar y buscar otro deporte.

KNVB Media

Cuando todavía jugaba, conseguí un trabajo como maestra de Educación Física. Me ayudó mucho pedagógicamente. Desarrollé algunas habilidades que han sido realmente importantes para mí como entrenadora. Aprendí cómo tratar a la gente, cómo comunicarme y organizar las clases.

Al terminar mi carrera como jugadora comencé a entrenar. Trabajé con niños muy pequeños, entrené equipos de niñas en competiciones para niños y trabajé con la Federación Holandesa con equipos regionales.

Poco a poco las cosas comenzaron a cambiar.

En 2007 se creó la Liga Eredivisie y en el ADO Den Haad me preguntaron si quería entrenar al equipo de forma semi profesional. Yo les dije que no.

“Si quieren que tome el puesto, quiero hacerlo a tiempo completo. Esa es la única manera”.

Si tienes que hacer algo bien, tienes que estar concentrada. Si iba a ser madre, profesora y entrenadora, ese trabajo no funcionaría ni para mí, ni para el equipo. Ellos estuvieron de acuerdo.

“Algunas personas planifican toda su carrera. Yo no soy así. Sé lo que quiero, pero espero hasta que el momento sea el correcto”

Era una decisión arriesgada para mí dejar la enseñanza porque no había ninguna continuidad en el fútbol femenino en ese momento, pero era algo que, simplemente, ansiaba mucho hacer.

Algunas personas planifican toda su carrera. Yo no soy así. Sé lo que quiero, pero espero hasta que el momento sea el correcto, hasta que me sienta lista para tomar el siguiente paso.

Todo a su tiempo.

Ganamos la Eredivisie en 2012. La Copa KNVB dos veces.

Después de siete años en el ADO Den Haag, sentí que estaba lista para algo más.

VI Images para Getty Images

Trabajar para la selección nacional fue algo que siempre tuve en mente. Y ahora tenía mi oportunidad, como asistente del entrenador principal, Roger Reijners.

Después de ser entrenadora durante siete años, ser asistente era, obviamente, distinto. Normalmente yo era muy proactiva pero ahora había alguien más al frente. En ocasiones tuve que dar un paso atrás.

Para mí fue bueno ver cómo trabajaba otra persona. Cómo se podrían hacer las cosas, quizás de un modo diferente. Siempre me gusta adquirir experiencias de otros entrenadores y esto fue algo que funcionó muy bien.

Al año siguiente fuimos al Mundial en Canadá. Mi primer torneo grande como entrenadora. Nos eliminaron en octavos, pero vimos que había mucho potencial. En líneas generales fue una experiencia positiva.

Una experiencia que el equipo necesitaba para crecer.

Después del Mundial me concentré en sacarme la licencia profesional. Quería tener el grado más alto, no solo porque quería desarrollarme; sabía que eso significaría la posibilidad de trabajar donde quisiera. O donde me dieran la oportunidad.

Como parte de mis estudios, pasé un tiempo entrenando al Sparta Rotterdam, un equipo profesional masculino.

Recuerdo la primera vez que hablé con el entrenador principal, Alex Pastoor. Fue de frente conmigo: “Bueno, eres una mujer… Por supuesto veo tu CV, que luce muy bien. Así que ven una vez a la semana y veremos”.

Los jugadores tenían que acostumbrarse a mí y yo también a ellos.

Siendo la única mujer, sabía que tenía que mostrar que tenía calidad. Trabajaba en eso todo el día. Trabajar duro, poner calidad en todo lo que hacía.

Dean Mouhtaropoulos

Era un ambiente nuevo para mí, la primera vez que trabajaba con un equipo profesional masculino.

Me fue bien en mi primer día y al final del entrenamiento Alex me llamó a un lado del campo: “Ok, puedes venir todos los días si te parece bien”.

Cuando tienes un buen desempeño te haces visible. Eso te ayuda a desarrollarte y a obtener reconocimiento. De esa manera, puedes seguir ascendiendo.

“Ganar la Eurocopa nos ha dado mucho respecto. Ahora las jugadoras son reconocidas entre las mejores del mundo”

En mi otro trabajo, con la selección nacional, la situación se complicó después del Mundial.

Queríamos dar el siguiente paso y clasificarnos para los Juegos Olímpicos en Río. Estuvimos cerca, pero no éramos lo suficientemente buenas todavía. En los momentos importantes nos quedábamos cortas.

Para comienzos de 2017 quedaban seis meses para la Eurocopa, un torneo organizado en casa y para el que no teníamos entrenador titular pues Arjen van der Laan había sido cesado al final de 2016.

Era una situación que tenía que ser resuelta. La Federación habló con las jugadoras, con otras partes del equipo y luego conmigo: “¿Qué hacemos?”.

“Bueno, creo que este es el momento en el que yo debería hacer el trabajo”, dije.

Había estado en el cargo por períodos cortos, después de que Roger (Reihners) se fuese y también desde la salida de Arjen. Ahora me sentía lista para tomar las riendas.

En ese momento, los resultados fluctuaban y las jugadoras estaban un poco inseguras. Sabíamos que nos estábamos acercando, pero necesitábamos que las jugadoras creyeran en sí mismas.

Necesitábamos grandes victorias. Porque podemos decirles a las jugadoras todo lo buenas que son, pero tienen que sentirlo. Experimentarlo.

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Tener la Eurocopa en seis meses nos dio un plazo. Una buena presión porque sabíamos que teníamos que trabajar duro.

Los amistosos previos al torneo nos dieron la oportunidad de entrenar con nuestro estilo de juego. No lo cambié, aunque hice énfasis en ciertas cosas: organizar nuestro contraataque, nuestras transiciones entre el ataque y la defensa. Pusimos mucho esfuerzo en esas cosas.

El mayor foco de atención fue, no obstante, nuestra mentalidad. Teníamos algunas jugadoras que siempre estaban hablando de lo buenas que eran las futbolistas de otros países. Teníamos que lidiar con eso y cambiar su forma de verse a sí mismas.

“¿Por qué tendría que ser ella mejor que tú?  Tienes que ponerte arriba porque eres buena. Tienes que creer en ti misma”.

Si revisas la historia de nuestro equipo, ves que nuestra posibilidad de ganar era baja. Sin embargo, siempre hay una oportunidad. Entonces, fuimos a por esa oportunidad.

16 de julio. Nuestro partido inaugural. Para entonces habíamos hecho todo lo que necesitábamos en términos de nuestro desarrollo dentro y fuera del campo.

Aun así, llegó ese momento en el que nuestro autobús salió de la autopista y vimos a la gente. Sabíamos que había entusiasmo y que las entradas estaban agotadas, pero esto era diferente.

Estas personas estaban allí por nosotras. Vinieron a vernos jugar. Fue inspirador. Emotivo.

“Bueno, ahora tenemos que mostrarle a Europa que somos un buen equipo. Y mostrar lo bien que pueden jugar las holandesas. Que tenemos algo que ganar”. Y, por supuesto, fue lo que hicimos.

El mundo ha cambiado un poco para mí. La Eurocopa me dio mucho reconocimiento. Mucho respeto. Y es lo mismo para las jugadoras. Ahora jugamos en estadios repletos. Y ellas son reconocidas entre las mejores del mundo.

Casi 30 años después de mi regreso de EE.UU., finalmente encontré lo que estaba buscando.

Y está aquí mismo. En Holanda.

Sarina Wiegman

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