Fotografía: Sergio Cueto

Míchel

Getafe, 2009-2011

Ni quería, ni tenía en mente ser entrenador.

Y no quería serlo porque sospechaba que iba a ser así.

En el trabajo del entrenador no hay descanso. También está lleno de sinsabores. Incluso en el éxito. Hasta cuando las cosas te van bien tienes que estar preparando el siguiente partido ya que eres el único que te volverás a examinar.

Me hice entrenador simplemente porque me saqué el título. A través de la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE) habíamos solicitado que los cursos de entrenador tenían que ser cursos de élite, y cuando los aprobaron me llamaron para hacer el tercer curso – los dos anteriores los hice durante mi etapa de jugador-. Entonces casi que me vi obligado a hacerlo. Pero sin ninguna pretensión más en ese momento.

La primera oferta que tuve para ser entrenador fue durante la Eurocopa de Portugal (2004), cuando estaba trabajando en Televisión Española (TVE) como comentarista. Llegó del Getafe, que había ascendido a Primera División ese verano.

Estábamos de acuerdo en todo, pero luego se fueron sucediendo los acontecimientos, y Ángel Torres (presidente del Getafe) dijo que yo no estaba convencido. No fue exactamente eso. Porque luego, en una situación mucho más complicada, sí fui al Getafe. Aunque finalmente no salió esa opción, ya había decidido ponerme a entrenar.

“Para vivir esta profesión tienes que tener alguien a tu lado. Tu familia tiene que entenderte. De lo contrario, es imposible”

Apareció entonces la posibilidad de ir al Rayo Vallecano. La acepté. No era tanto por el aprendizaje que pudiera tener desde Segunda B. Más bien era porque me apetecía dar el paso.

Mi primer día en el banquillo fue más o menos igual que el primer día que debuté como jugador. Aunque me tocaba estar al otro lado de la línea. Dejas de pensar en uno solo para pensar en una familia entera.

Ángel Martínez/Getty Images

La visión que tengo sobre ser entrenador es la misma que tenía de jugador. Afortunadamente no lo considero un trabajo. Disfruto con lo que hago. Por eso para mí no es un problema levantarme a las siete de la mañana para preparar los entrenamientos, hablar con los jugadores o trabajar sobre el próximo partido. No tengo horario.

Tanto es así que he estado trabajando diez años con un psicólogo, y lo que me ha tenido que enseñar es aprender a desconectar. Ahora es cierto que he conseguido desenchufarme de esa manera de trabajar, pero siempre estoy dándole vueltas a las cosas.

En mi etapa en Sevilla, por ejemplo, iba dando un paseo por esa ciudad espectacular con mi mujer y, sin embargo, estaba pensando en otra cosa.

¿En qué?

En fútbol, por supuesto. Mi mujer no me decía nada, pero lo sospechaba.

Por eso para vivir esta profesión tienes que tener alguien a tu lado. Tu familia tiene que entenderte. Tiene que convivir con tu fiebre, con tu vocación, con tu audacia, con tus idas y venidas… De lo contrario, es imposible.

Siempre destacó que mi etapa de comentarista ha sido muy importante para mi formación como entrenador.

Me ayudó en una de las cosas que se nos echa en falta a los entrenadores: la comunicación. Muchas veces sabes lo que quieres decir, pero no sabes cómo decirlo.

Cuando eres entrenador te das cuenta de que eres un globo al que todo el mundo quiere pinchar. Debes tener respuestas para todo. Aunque no te corresponda. Eso al final acaba siendo un handicap para nosotros.

Gonzalo Arroyo Moreno/Getty Images

La oportunidad de ponerme delante del micrófono en TVE llegó cuando terminé mi etapa como jugador en el Real Madrid. Se juntó también que Javier Clemente (entonces entrenador de España) no me llevó a la Selección.

Me llamaron con una propuesta: “¿Quieres ir de comentarista a la Eurocopa de Inglaterra?”.

Les dije que sí. Era algo que me apetecía hacer.

Después de esa Eurocopa fui un año a México para jugar con el Atlético Celaya.

Al acabar esa temporada, TVE me dijo que estaba dispuesta a ofrecerme un contrato de tres años para comentar los partidos. Al mismo tiempo surgió la proposición en México del Celaya, que quería que me quedara como entrenador-jugador.

Sin embargo, creí que era el momento de regresar a España y hacer algo que me gustaba. Algo que me ilusionada.

Una nueva etapa que afronte con toda la ilusión.

El primer partido que hice como comentarista de televisión fue el Suiza-Inglaterra de la Eurocopa 1996. Llegué a la cabina de retransmisión y desplegué mis notas sobre la mesa. José Ángel de la Casa (narrador de TVE) se giró, me miró y me preguntó: “¿Qué haces?”.

“Mi etapa de comentarista fue una etapa espectacular. Disfruté mucho”

Me gustaba tener todos los papeles sobre la mesa. Era una manera de tener toda la información posible sobre los equipos que jugaban. Antes del partido, mi trabajo como comentarista era muy parecido al que hago como entrenador: analizaba a cada equipo. Se trataba de tener una ventaja sobre que lo podría pasar en el partido.

Lo bueno de ser comentarista de partidos es que tienes la imagen.

El espectador ve lo que ocurre. Yo no tenía que decir que un entrenador o un jugador se había equivocado o había hecho algo mal. Estaba la imagen y la gente juzgaba. Mi objetivo era sencillo: saber qué cosas pasan y por qué pasan a través de mi experiencia.

Después de cada retransmisión volvía a ver el partido para analizar y mejorar mis comentarios.

A nivel personal fue experiencia espectacular. Me colocó en el plano laboral. Tenía que ser independiente, hacer mis viajes solo, preparar mis cosas…. Y, además, seguía cerca del fútbol y sin ninguna responsabilidad. Yo ni ganaba ni perdía. Eso también era una ventaja.

No sentí nervios nunca antes de un partido. Ni siquiera en el primer día.

Al revés, como comentarista disfruté mucho.

Sergio Cueto/The Coaches' Voice

Me encontré a una persona magnífica, José Ángel de la Casa. Siempre que nombro a mis entrenadores le nombro a él. Hay gente que dice que me llamaron para comentar los partidos porque era mi amigo. Lógicamente habíamos tenido trato durante mi carrera en el Real Madrid como jugador, pero no éramos amigos. Después sí forjamos una gran relación.

José Ángel fue una parte muy importante para mí. Aprendí de él aspectos claves, entre ellos saber comunicar mejor, moderarme más y ser menos rebelde.

También saber que hay un jefe que te dice “cuando el balón esté en las áreas no hay que hablar” o “tus comentarios tienen que ser cortos y directos”.

En los partidos donde no había un equipo español no te podías manifestar por una opción. Pero con los equipos españoles sí podíamos más ser más libres.

Eso llevó una situación curiosa. Los aficionados del Barcelona me decían: “Pareces del Madrid”. Y los del Real Madrid: “Pareces del Barcelona”. Y José Ángel de la Casa, mientras tanto, “vamos bien. Vamos bien así”.

Hubo muchos momentos divertidos. Y en ocasiones tuvimos partidos aburridos. Ahí aprendí otra lección de José Ángel, quien me decía: “No hay partido aburrido, si no vamos a echar a la gente al otro canal”.

También pasamos mucho frío, porque José Ángel no era de cabina. Le gustaba estar fuera para que se escuchara el sonido ambiente durante la retransmisión. Recuerdo los viajes a Noruega. Intentabas técnicas de todo tipo para no pasar frío, como echarte vaselina en los pies, en las manos y en las orejas. Sin embargo, servía de poco.

“Una de las finales que más me impactó fue la del Bayern de Múnich-Manchester United”

Hicimos muchos partidos y muy distintos. Recuerdo especialmente uno muy tenso en Tel Aviv. Era una etapa de bastantes disturbios en Europa, con el conflicto palestino-israelí de fondo. Además, con amenaza de ataque terrorista.

Nosotros retransmitíamos en el lado contrario de las televisiones locales. En un momento del partido vi venir un avión a lo lejos, directo al estadio.

Yo siempre he tenido miedo a los aviones. En mi época de jugador tuve la suerte de que muchos viajes los realizábamos en autobús, pero luego llegaron los aviones. Cada viaje lo pasaba horriblemente mal.

Recuerdo mirar a José Ángel, y, como no me hacía caso, le daba con el codo para decírselo.

Él me decía que no pasaba nada, que estuviera tranquilo. Pero para mí el avión estaba cerca.

Al final, por suerte, José Ángel llevaba razón…

Como comentarista también he tenido la suerte de conocer una gran cantidad de sitios, teniendo la oportunidad de pasear por la ciudad. Todo eso que como futbolista y entrenador no puedes hacer.

Mi etapa en la cabina coincidió con una gran etapa de fútbol, con los equipos españoles en la finales europeas y España jugando Mundiales y Eurocopas.

En la final de la Champions League del Real Madrid en Ámsterdam teníamos un pequeño reducto de la ‘Quinta del Buitre’: Manolo Sanchís. Me acuerdo que Manolo decía que iba a ganar la Copa de Europa por nosotros. Y así ocurrió.

Me alegro que haya sido él, quien luego tuvo el detalle impresionante de acordarse de todos nosotros cuando ganó la Séptima.

“Los aficionados del Barcelona me decían: ‘Pareces del Madrid’. Y los del Real Madrid: ‘Pareces del Barcelona’”

El gol de Mijatovic lo celebré con moderación. Lo disfrute más cuando el árbitro pitó el final, ya liberado de mi tarea.

Ese fue el día más emotivo para mí como comentarista, porque ahí se rompió una etapa de futbolista para darme cuenta de que ya me dedicaba a otra cosa.

Si me preguntan si tengo envidia sana por no haber podido ganar la Copa de Europa como jugador, diría que no. Para mí es mentira que la envidia sea sana. Así que no soy envidioso. Me alegro que a la gente le vaya bien. Es más, prefiero que a la gente le vaya bien porque así no tienen tiempo para ser envidiosos.

También vivimos las dos finales que perdió el Valencia. En la primera llegaba en mejor momento que el Real Madrid y perdió 3-0. Luego la injusta final perdida en Milán ante el Bayern de Múnich en los penaltis.

Pero una de las finales que más me impactó fue la del Bayern de Múnich-Manchester United en el Camp Nou. Jamás había vivido algo así. Ni como aficionado. José Ángel de la Casa y yo nos mirábamos atónitos ante lo que pasó. No nos lo podíamos creer.

El árbitro pitó el final y a cada uno de los jugadores del Bayern parecía que les habían cortado un cable que les aguantara desde arriba. Fueron cayendo todos al suelo. Fue increíble que el Bayern perdiera esa final. Perluigi Collina (el árbitro) fue levantando uno por uno a todos. Hasta que llegó a Kuffour. No pudo con él. Impacta ver un a un jugador de esa envergadura llorando como un niño.

En definitiva, fueron años en los que disfruté y acumulé distintas experiencias que me han ayudado en mi papel como entrenador.

Echando la vista atrás, volvería a ser comentarista. Y futbolista. Daría todo por volver a intentarlo, independientemente de que consiguiera jugar para el Real Madrid o la Selección. Ser futbolista es disfrutar de este deporte.

Sin embargo, no volvería a ser joven.

¿Y por qué?

No tendría a mis nietos.

Míchel

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