Fotografía: Sergio Cueto

Ángel Cappa

Banfield, 1985-1987

Si un entrenador necesita diez virtudes para serlo, Menotti tiene veinte.

Pero, sin duda, lo que más resaltaría de él es su capacidad de observación.

En un instante es capaz de destacar cuáles son las virtudes y los defectos de un equipo. También de un jugador.

A eso le acompaña su forma de transmitir las ideas. La facilidad que tiene para conseguirlo. Al final, te acaba seduciendo. Da igual lo que te pida.

Voy a decir una exageración, pero si Menotti le dice a un jugador que se tire de cabeza por la ventana, este lo hará. ¿Por qué? Porque está convencido de que si se lo dice Menotti es lo que debe hacer.

Antes de conocerlo había dado tumbos en mi vida desde que salí de Argentina. Trabajé como contable en una tienda de muebles. De administrativo. Tenía que estar allí ocho horas. Calculando lo que entraba y lo que salía.

Siempre decía que un mono tardaría diez minutos en hacer ese trabajo. Y yo tenía que estar ocho horas. Me desesperaba. Tenía claro que esa no podía ser mi vida.

También estuve vendiendo lámparas. Unos amigos empezaron en el negocio de hacer lámparas y yo iba casa por casa intentando venderlas. Algo complicado. No soy capaz de vender agua en el desierto. Así que imagina venderle una lámpara a alguien…

Sergio Cueto

Un día, cansado, le dije a mi mujer: “Voy a hacer el curso de entrenador. Es lo mío. Lo hago y a ver qué pasa”.

Hice el curso en España. Tres años, incluyendo un mes en Sevilla. En esa formación como entrenador surgió mi relación con Menotti, entonces entrenador de la selección argentina. Llegó a través de un compañero de equipo que tuve en Bahía Blanca y que trabajaba en su cuerpo técnico.

“¡Jamás te va a hablar de su etapa de entrenador! Menotti te habla del presente. De Cristiano Ronaldo, De Bruyne, los nuevos talentos argentinos…”

Necesitaban una persona en España para el Mundial 82’. Buscaban a alguien que le pasara información de los equipos europeos y de los jugadores argentinos que jugaban en el continente.

Pero tenía que ser alguien a quien no le conociera nadie. Que la prensa no supiera nada de él. Decidieron que fuera yo.

Viajé a todos los sitios de Europa para pasar información sobre partidos y jugadores. Hacía todo lo que me pedían.

Lo conocí en persona en el amistoso que Argentina jugó en Wembley en el año 1980, el día en que Maradona hizo aquella jugada en la que regateó a todos, pero se le fue el gol por poco.

Duncan Raban/Allsport/Getty Images

La primera conversación fue sencilla: “Hola, ¿cómo te va?”. Simplemente fui a pedirle unas entradas para entrar a la cancha.

Y ahí comenzó una relación que se mantiene. De grandes amigos. Siempre digo que soy amigo de César y alumno de Menotti.

Luego realicé el mismo papel de analista de rivales cuando firmó por el FC Barcelona. Iba a ver los entrenamientos para aprender de él, con la suerte de poder tener contacto con los jugadores.

Entre ellos, Maradona. Recuerdo que  él le pedía los vídeos a Menotti del rival para ver cómo eran los defensores a los que se iba a enfrentar. Conocía a todos los jugadores. Incluso de Segunda División.

Ahora, como los dos dominamos las nuevas tecnologías, vemos los partidos desde la distancia. Él desde Buenos Aires y yo en Madrid. Hablamos por “WhatsApp” y en esas conversaciones todavía uno sigue aprendiendo de él.

Además, lo acompaña un entusiasmo juvenil.

¡Jamás te va a hablar de su etapa de entrenador! Menotti te habla del presente. De Cristiano Ronaldo, de Messi, de Kevin De Bruyne, de los jugadores argentinos que están saliendo…

Sergio Cueto

Es un amante del buen juego. Una política que ha defendido. Pero no por encima del resultado, como algunos han llegado a exagerar.

Claro que le importaba el resultado, pero no a cualquier precio.

Transmitía un mensaje claro a los jugadores:

“A través del buen juego se consiguen los resultados. Y cuando lo tenemos, no vale defenderlo de cualquier manera”.

Unas ideas que permanecen muy vigentes tantos años después.

¿Por qué?

Porque la humanidad va cambiando, pero las personas se siguen enamorando de la misma manera. Hay cosas que son permanentes. Puede que cambien los protagonistas principales o la forma de hacer las cosas, pero la esencia es la misma.

En el fútbol, como en el amor, pasa igual. Lo dijo un entrenador argentino, Ángel Tulio Zof. “Lo más antiguo que conozco en el fútbol es la pelota, y sigue siendo lo más importante”.

Acompañé a Menotti en varias etapas más. Una de ellas en Boca Juniors, pero no como su ayudante.

Yo trabajaba para la cantera. Un día me tocó reemplazarlo en el banquillo de Boca. Fue un sábado. César tuvo una complicación intestinal y lo tuvieron que operar.

Keystone/Hulton Archive/Getty Images

Recibí la llamada del club y me tocó llevar el equipo.

Un equipo donde estaban jugadores como Hugo Gatti, Jorge Higuaín, Carlos Tapia, Jorge Rinaldi… Una cantidad enorme de grandes jugadores.

Conocía el grupo, pero yo no era Menotti. Él tenía una gran ascendencia sobre ellos. Una palabra suya se tomaba con mucha emoción por los jugadores.

Reemplazarlo en esa primera charla fue muy complicado para mí. Pero bueno, salió bien.

Eliminamos a Armenio y Newells Old Boys en la Copa y nos metimos en la final. Después llegó Menotti tras recuperarse de la operación.

En 1986 empecé a dirigir como primer entrenador, en Banfield. El primer partido fue contra Armenio. Con Menotti y varios amigos en la grada.

“Nunca dejarte vencer y jugar de otra manera para ganar”. Esa fue otra enseñanza de César”

Por fin estaba en el banco de suplentes como entrenador de un equipo de Buenos Aires. Estaba tan emocionado por esa circunstancia que ni siquiera vi el primer tiempo.

Eso me generó un problema: “¿Y ahora qué les digo a mis jugadores en el entretiempo? Si no he visto nada del partido…” Entonces recurrí a un concepto básico.

Me hice un poco el enfadado porque pensaba que el entrenador siempre tenía que estar un poquito enfadado. Independientemente del resultado.

Sergio Cueto

A pesar de ganar ese primer día, en los primeros cinco partidos el equipo iba último. Y teníamos que quedar entre los cuatro primeros para entrar en lo que iba a ser la segunda división nacional, la B, que se estaba creando.

Lo que más me dolió fue lo que escribió un periodista en la prensa: “El discípulo de Menotti va último”.

Pero no me resigné.

Esa fue otra enseñanza de César.

“Nunca dejarte vencer y jugar de otra manera para ganar”.

Aunque alrededor de mí había gente que me pedía jugar distinto. “Ángel, apuesta por otro estilo de fútbol. Aquí se juega diferente”.

Pero yo decía que no, que ganaría así.

Y lo conseguimos.

De los siguientes 18 partidos no perdimos ninguno y acabamos primeros.

Menotti tenía razón.

Sí se puede ganar jugando bien.

Ángel Cappa

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