Fotografía: Alexander Hassenstein - FIFA

Jill Ellis

Selección femenina de EE.UU., 2014-Presente

“Una parte será hacerles incómodo el viaje porque la mejor maestra es la adversidad’.

Era mi primera reunión con las jugadoras tras haber sido contratada como entrenadora de la selección nacional femenina de EEUU. Y eso fue lo que les dije.

Cuando asumí el cargo teníamos cerca de un año para prepararnos para el Mundial de 2015, un torneo que no habíamos ganado desde 1999.

De entrada, les dije: “El nivel en el que estamos hoy no es lo suficientemente bueno para ganar el año próximo”.

Ellas asimilaron ese modo de pensar porque las jugadoras de elite quieren que se les exija. Quieren seguir subiendo porque viven anhelando un reto.

Unos meses más tarde llevamos al equipo a un torneo en Brasil donde la logística era todo un desafío.  Nos suspendieron partidos por el mal clima. Hacía calor, las canchas estaban inundadas y recibimos los abucheos de cerca de 10.000 hinchas.

Al final del viaje les expliqué que lo habíamos hecho porque teníamos que aprender a lidiar con todas las situaciones hostiles  que encontráramos en el camino. Siempre habrá obstáculos y, en el nivel más alto, la diferencia entre ganar y perder está en la capacidad no solo de afrontarlos, sino de prosperar en esas condiciones.

Franck Fife/AFP/Getty Images

Es algo que, como entrenadora, tienes que aprender. Pero todo eso es parte del torrente de adrenalina – el gancho – de ver cómo se va desarrollando tu trabajo en frente tuyo. Sin esos inesperados contratiempos, no sería entrenadora.

Me encanta el elemento desconocido que acompaña al cargo.

Curiosamente, si les preguntaras a mis compañeras de clase si me podían ver en este puesto, todas habrían dicho que de ninguna manera. Yo era tímida, reservada incluso cuando ya estaba en la universidad.

Pero tenía un amor por el fútbol que había sido fomentado en Inglaterra, donde nací, y que traje a EE.UU. cuando tenía 16 años.

“Ahora no hay brechas entre las selecciones grandes y ese es el mundo en el que queremos vivir porque, cuanto mejores sean los demás equipos, más obligadas estamos de ser mejores”

Crecí viendo al Manchester United, idolatrando a Lou Macari y Steve Coppell. Recuerdo cuando pateaba una pelota de tenis en el patio de mi casa con mi hermano, utilizando los maceteros como postes, y juntándome a jugar con los chicos en el recreo de la escuela.

Mi padre era integrante de la Marina Real británica. También era entrenador para la Federación Inglesa (FA), trabajando con el equipo de los Servicios Combinados de las fuerzas armadas. Pasé mucho tiempo en las bandas, viéndole trabajar.

No me di cuenta hasta mucho más tarde, pero todo ese tiempo que pasé en un ambiente competitivo alimentó en mí esa pasión por este deporte.

Nunca pensé en jugar seriamente. En gran parte porque en esa época no había una verdadera oportunidad para las chicas en Inglaterra.

Todo fue diferente cuando nos fuimos a vivir a Estados Unidos. Me uní a un equipo femenino por primera vez en mi vida y me dediqué al fútbol. Comencé a entender y a apreciar los beneficios de estar en un equipo.

Fue entonces que la influencia de mi padre adquirió más importancia. Tenía a su cargo una academia en la zona de Washington DC y yo lo veía trabajando con todo el mundo, desde hombres de 20 años hasta niñas de siete. Tenía la capacidad de conectarse con todas y todos, haciendo que el juego fuese interesante y divertido, y haciéndoles participar en cualquier cosa que estuviera haciendo.

Eso me maravillaba.

Fue algo que se quedó conmigo. Me enseñó desde un comienzo la conexión que debe haber con las jugadores, sin importar su edad.

Lo aprecié aún más cuando fui ascendiendo en mi carrera como entrenadora. Desde el fútbol de clubes, al universitario y los equipos nacionales juveniles, logré tener un verdadero conocimiento sobre todos los niveles del fútbol en EE.UU.

Me enorgullece haber pasado por todos los niveles, pero en el año 2000 quedé seducida por el fútbol internacional.

Fui a los Juegos Olímpicos para trabajar como scout para el equipo estadounidense. Vi distintos estilos de juego y tipos de jugadoras y equipos. Estudié los matices de las distintas tácticas y sistemas, y eso me dio una apreciación completamente distinta sobre lo bueno que eran otros países.

Todo lo que podía pensar era: “¡Guau! Es, simplemente, genial estar aquí”.

“Cuando me contrataron, el equipo era  el campeón olímpico y el número uno en el ranking, pero sentí que teníamos que ser mejores para ganar el Mundial”

Cuando pasé a ser entrenadora titular de la selección estadounidense, ya había conseguido mucha experiencia a nivel internacional como preparadora y asistente de nuestros equipos nacionales juveniles y como segunda entrenadora del equipo absoluto.

Estaba asombrada por el compromiso de otros países para cerrar la brecha con los mejores, inyectando recursos al fútbol femenino.

Sin embargo, no sucedió de la noche a la mañana. Lo vimos llegar con el paso de los años.

Ahora no hay brechas entre las selecciones grandes y ese es el mundo en el que queremos vivir porque, cuanto mejores sean los demás equipos, más obligadas estamos de ser mejores. Quiero estar en un ambiente en el que estemos forzadas a trabajar muy duro para ser exitosas. Eso lo hace más gratificante.

Cuando entré en el proceso de selección para el puesto de entrenadora titular de EE.UU. delimité las áreas donde necesitábamos mejorar. Analicé nuestra fortalezas y debilidades y escogí los puntos donde nos hacía falta crecer.

Indagué en todos los aspectos del ambiente de nuestro equipo nacional: personal, preparación, personal, jugadoras…

Incluso estudié a los equipos que nos habíamos enfrentado en los doce meses anteriores a cada Mundial. Cada detalle importaba en la preparación para ganar en Canadá. No habíamos ganando el campeonato en 16 años y yo me preguntaba si era cuestión de cambiar el plan.

Maddie Meyer, FIFA/FIFA via Getty Images

Cuando me contrataron, el equipo era  el campeón olímpico y número uno en el ranking mundial, pero sentí que teníamos que ser mejores para ganar el Mundial.  Había una frase que realmente resonaba conmigo.

“Incluso si vas por el camino correcto, si te quedas sentada ahí te van a pasar por encima”.

Mencioné esa cita en mi primera reunión con las jugadoras y durante los siguientes doce meses hicimos todo al alcance para exigirnos más. Es una filosofía que nuestro conjunto interioriza a diario: este equipo nunca estará satisfecho.

En 2015 jugamos lo que probablemente fue el calendario más competitivo en una preparación para un torneo mundial. Partidos con Brasil y Japón. Luego, después de una concentración muy intensa en enero, nos fuimos a Europa. Le ganamos 1-0 a Inglaterra, pero perdimos 2-0 ante Francia.

Yo les di crédito a las jugadoras porque tuvieron que redoblar sus esfuerzos. Este equipo no suele perder, pero fuimos superadas por Francia ese día.

“Mi padre me dijo: ‘Entrena para el partido, no para mantener el puesto'”

Sabía que ese período nos enseñaría mucho sobre nosotras mismas. Que de esa experiencia habría recompensas. Pero había que caminar esa delgada línea entre la humildad y el hambre de triunfo, y, al mismo tiempo, procurar no ir demasiado lejos. Lo último que quieres hacer es que, antes de ir aun Mundial, tus jugadoras no tengan confianza.

Cuando en marzo llegamos a la Copa del Algarve en Portugal, las cosas comenzaron a encajar. Llegamos a la final del campeonato y derrotamos a Francia 2-0, el mismo equipo con el que habíamos perdido hacía un mes por el mismo marcador.

Lo que habíamos hecho, al acumular esas experiencias en los seis meses previos, fue aumentar la presión interna dentro del equipo.

Fue un desafío. Perdimos partidos. Estudiamos distintas tácticas.  Identificamos nuestros principios.

Después de la Copa del Algarve, la presión interna disminuyó y la externa aumentó. Te preparas para eso. Como entrenadora, sabía desde el comienzo cuales eran los niveles de expectativas. Si no puedes lidiar con eso, entonces no aceptes el puesto porque sabes que en cualquier torneo que participes no basta con llevarse la medalla de plata.

Franck Fife/AFP/Getty Images

Cuando comencé a entrenar, mi padre me dijo: “Entrena para el partido, no para mantener el puesto”.

Ser entrenadora no es una profesión estable, pero, de nuevo, lo desconocido es lo que me encanta de ella.

Mis expectativas personales son increíblemente altas y sé cuándo no he acertado. No necesito que nadie de afuera me diga cómo lo estoy haciendo o lo exitosa o no exitosa que he sido. El partido de fútbol hace eso por ti.

No leo cosas. No me meto en las redes sociales porque a mí lo único que me importan son mis jugadoras, mi cuerpo técnico y mi ambiente.

Realmente sentía que todas queríamos ganar ese Mundial por las jugadoras.  Yo quería que las veteranas, que ya no tendrían la oportunidad de jugar otro Mundial, salieran campeonas y que las demás tuvieran una experiencia para toda la vida.

Era un sentimiento de gran responsabilidad.

Más allá de la euforia. Esa es la única forma en la que puedo describir lo que se siente ganar el Mundial.

Si tuviera un deseo, sin embargo, sería haberlo podido disfrutar aunque solo hubiese sido un rato más porque ya al día siguiente, cuando me senté a tomar café, comencé a preparar un posible equipo para los Juegos Olímpicos. Así es el fútbol. Siempre pensando en el siguiente viaje.

Ya había rellenado una casilla, pero tenía que pensar en la siguiente

Desde el Mundial he tenido oportunidad de aprender aún más como entrenadora. Entender que todo lo que he hecho hasta este punto ha sido una experiencia de aprendizaje para el futuro. Todo lo que he recorrido en el pasado, ganando y no ganando, me ha hecho la entrenadora que soy ahora.

La mejor maestra es la adversidad.  Eso no solo era un mensaje para mis jugadoras.

Lo era también para mí.

Jill Ellis

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