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Sebastián Abreu

Boston River, 2019-Presente

Si contamos la Selección, jugué para 32 equipos.

En su determinado momento, cada nueva oportunidad representaba un desafío.

Y yo soy un tipo muy pasional, no tanto racional.

Eso me ha llevado a cosas buenas, y también a momentos de autocrítica. Aunque nunca me arrepiento, algunas veces sí que me apresuré en la decisión que tomé o no la analicé del todo bien.

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Me movilizó también el entrenador.

Entrenadores con los que me siento identificado. Juanma Lillo, el “Maestro” Tabárez, Miguel Ángel Russo, Diego Pablo Simeone (abajo), Manuel Pellegrini, Hugo de León o Caio Junior, que en paz descanse.

Cuando uno de ellos te llama, te transmite que eres importante para el desarrollo de su idea futbolística y lo hace con un sentimiento, es una sensación fantástica. Automáticamente lleva a decirte: “Yo quiero estar en ese club con ese entrenador”.

“Soy un tipo muy pasional, no tanto racional. Eso me ha llevado a cosas buenas, y también a momentos de autocrítica”

Pero esta última etapa, desde los 36 años, ha sido diferente a la hora de elegir club. Empecé a notar que los planteles ya no estaban siendo formados como me tocó a mí en los primeros años. Eran equipos donde había jugadores de trayectoria. Vos podías acercarte a ellos y eran como un libro constante de aprendizaje y conocimiento en el día a día.

Ahora los planteles tienen tres o cuatro jugadores de este perfil. Y no siempre con un recorrido importante. El resto, todos jóvenes.

Pero los chicos necesitan jugadores de trayectoria a su lado para crecer.

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Sintiendo que tenía una responsabilidad, opté por clubes de menor poder económico no solo para ayudar al vestuario, sino también a directivos y a los propios empleadores que están en esos clubes.

Algunos compañeros vienen y me preguntan cuando les llega la oferta para ir a otro club: “¿Qué hago?, ¿agarro la oportunidad?”.

Obviamente entiendo que quieran optar a cosas mayores, pero yo les incito a que se queden, que vean la importancia que pueden tener para los chicos que están a su lado. Saber cómo te alimentas, cómo entrenas, las concentraciones, las horas previas al entrenamiento…

“Opté por clubes de menor poder económico no solo para ayudar al vestuario, sino también a directivos y a los propios empleadores del equipo”

En definitiva, cómo vives el fútbol. Creo que es necesario porque es algo que falta en muchos planteles del fútbol actualmente.  

En Boston River está la complejidad de tener la responsabilidad de una doble función: entrenador y futbolista. Cuando jugaba en El Salvador, en el Santa Tecla, los primeros meses del 2019, ya me tocó algo similar.

Indudablemente, tengo claro que uno no quiere implantar la modalidad de entrenador-jugador. Para nada.

Simplemente fue una casualidad.

El entrenador que tenía previsto empezar la temporada decidió tomar otro desafío y la directiva de Boston confió en mí. Antes de firmar, eso sí, les pedí dos cosas.

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Primero, un día para pensármelo y también saber si tenía la aprobación de los jugadores. Todos me dieron el ‘ok’. Eso te hace empezar reforzado.

La otra fue que me dejaran llevar a cabo esta tarea rodeado de mi cuerpo técnico, con la gente con la que siempre pensé en trabajar y ya con mucha experiencia en esto. Un pedido que el club aceptó.

Claramente esta es la etapa definitiva. El final como futbolista y el comienzo como entrenador, donde me abocaré exclusivamente, con la responsabilidad y la dedicación que se merece.

Aunque son los primeros momentos en el banco, por ahí ya tengo la experiencia en la gestión de los compañeros en algunos de los equipos donde estuve.

“Esta es la etapa definitiva; el final como futbolista y el comienzo como entrenador”

Siempre desde la intención de querer mejorar, me tomaba el atrevimiento de hacer entrenamientos específicos con otros delanteros. Me llevaba pelotas con los arqueros que no iban a participar el fin de semana y entrenaba con ellos. Movimientos, perfiles, formas de orientación, controles orientados y cómo sacar provecho de ese control orientado para la definición…

Ocurrió así con los entrenadores que te decía antes. No existía esa rivalidad equivocada donde él técnico podía decir: “No, no lo voy a dejar hacer esto porque está pasando la línea entrenador-jugador”.

Ellos tenían un modo diferente de verlo.

Se dirigían a los más jóvenes y les lanzaban mi propuesta: “Chicos, ¿tienen ganas de seguir entrenando? ¿Quieren que un jugador con conocimiento y trayectoria los pueda ayudar? Si ustedes quieren, perfecto. Por mí no hay problema”.

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Pero eso solo ocurre cuando existe la química perfecta entre el entrenador y el jugador. De otro modo sería imposible.

Todo eso lo he vivido en primera persona, pero también como testigo directo con otros jugadores.

Posiblemente la que más impacto me generó fue la conexión entre Lillo y Pep Guardiola (abajo) en Dorados de Sinaloa, en 2006. Maestro, Lillo, y alumno, Guardiola. Y al final el alumno acabó superando al maestro.

Yo no tuve que convencer a Guardiola para que fuera a Dorados, como se ha dicho. Él ya tenía el convencimiento de ir allí, porque su sueño era poder ser dirigido por su mentor como jugador.

No le importaba que fueran solo seis meses, Guardiola quería tener a Juanma como técnico al menos una vez para poder evidenciar el día a día. Guardiola ya tenía el teórico, y solo le faltaba añadir el práctico.

“El sueño de Pep Guardiola era poder ser dirigido por su mentor (Lillo) como jugador”

Por eso cuando terminaban los entrenamientos, Pep se iba al vestuario, agarraba su cuaderno y se sentaba a que Juanma le explicara el porqué de cada entrenamiento y cuál era el objetivo.

Si eran ejercicios para aprovechar algún déficit del rival o pensando en contrarrestar algún potencial que el rival de turno podía tener.

Constantemente todos los días iba anotando los diferentes conceptos, porque los entrenamientos de Juanma tenían siempre un significado orientado al fin de semana.

Eso hace al jugador estar siempre alerta, porque todos los días te estaba dejando un conocimiento y aprendizaje que ibas a tener que aplicar en el partido.

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Trato de aplicar todos los conceptos que he aprendido como jugador, pero teniendo en cuenta la realidad.

Por ejemplo, cuando salimos campeones en El Salvador tenía un equipo donde la característica natural era atacar; estar siempre en campo rival. Dominio de la pelota, también muy en relación al espíritu de juego del país, en el cual se le da mucha importancia a la tenencia del balón.

Después me toca esta realidad, la del Boston River. Un equipo acostumbrado a tener que lidiar con el promedio del descenso, donde está instalado que la forma más segura es replegarte en tu campo y esperar para contraatacar.

“Quiero transmitir al jugador que no dude nunca de sus convicciones. ¿Un penal a lo Panenka? ¿Por qué no?”

Todo entrenador tiene su ideal de juego, pero las preparaciones en los partidos amistosos antes de la temporada me dieron un cachetazo de realidad. La presión alta, jugar en campo rival y con juego asociado desde el fondo no eran las características en las que potenciaba la individualidad de cada integrante del plantel. Le estábamos pidiendo a los jugadores lo que muchos no tenían, y obviando las cosas buenas que podían tener.

Entendimos y, sobre todo en esta corta experiencia, que tienes que respetar muchísimo las características de los jugadores. Porque si no estaríamos cometiendo un gran error.

A partir de ahí, de la autocrítica a nivel del cuerpo técnico, mantuvimos la idea de replegarnos, ser fuertes atrás y en base a eso poder ir incorporando cosas en el futuro para ser más protagonistas.

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Por otro lado, quiero transmitir al jugador que no dude nunca de sus convicciones. Una jugada, un golpeo a puerta o lanzar un penal a lo Panenka. ¿Por qué no lo va a poder hacer?

Lo cierto es que cuando el entrenador te da esa responsabilidad, es porque conoce tus condiciones de poder ejecutar un penal así y convertirlo. El entrenador -Tabárez- sabía que podía lanzar así el último penal ante Ghana en cuartos de final del Mundial 2010. No le pilló por sorpresa a él y creo que a nadie dentro del grupo.

Para mí, sin embargo, sí sería reprochable que un jugador no hiciera algo por miedo. Ahí estaría fallando él, pero sobre todo yo. No estaría cumpliendo bien mi papel.

Debe de ser una sensación muy linda ver en el transcurso del tiempo cómo un futbolista crece en base a lo que uno le puede aportar. También que el equipo haga lo que uno ha preparado durante la semana. Independientemente del resultado, que ese es otro aspecto, sentir que para llegar al resultado hay un camino previo. Y eso pasa por la forma de jugar.

Por ahora esas son mis ideas esenciales como entrenador. Luego vendrán más.

Para llevarlas a cabo, tal vez me toque ser algo más racional, pero sin abandonar lo pasional.

 

Sebastián Abreu

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