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Javier Clemente

Seleccionador de España, 1992-1998

Había muchos jugadores llorando en el vestuario.

No se podían explicar lo que había pasado minutos antes en el campo.

Nos habían hecho un penalti muy claro en una situación buenísima de gol para Luis Enrique, pero el árbitro no quiso pitarlo.

En su disculpa, no era fácil jugar contra Italia en el Mundial en Estados Unidos. Ellos tenían en el campo 70.000 personas. Prácticamente jugaban en casa.

En esos momentos, lo único que pude hacer fue animar a mis jugadores y darles las gracias por el espectacular trabajo que habían realizado.

Por dentro, yo nunca sentí rabia.

De algún modo soy un poco pasota (despreocupado) con este tipo de situaciones. Creo que a las cosas hay que darle la importancia que tienen. Y al fin y al cabo hay cosas mucho más importantes que un partido de fútbol.

Yo prefiero quedarme con todo lo que hicimos antes para llegar hasta ahí. El duro trabajo de todo el grupo para superar los momentos difíciles.

Como la victoria en Sevilla ante Dinamarca en los clasificatorios con un jugador menos después de la expulsión a Zubizarreta. El tremendo calor en el primer partido del Mundial ante Corea del Sur jugando a 45 grados en Dallas, el empate ante Alemania o la victoria ante Suiza en octavos.

Estoy seguro de que esa selección (abajo) hubiese sido campeona del mundo de no haber ocurrido esa situación ante Italia en los cuartos de final.

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Ya sabes, caer en cuartos de final. Ese ese tema tan atractivo para los periodistas, para hacer sus comentarios y noticias sobre este asunto. “España vuelve a caer en cuartos”, “¿por qué no pasamos de cuartos?”, “la maldición de los cuartos”…

Sin embargo, no se daban cuenta de que en el fútbol llegar hasta ahí es difícil. No difícil, sino muy, muy difícil.

Para mí los jugadores hicieron muchísimo. ¿Se podría haber hecho más? Sí, pero no estuvo en nuestras manos.

Porque en el fútbol influyen muchas cosas que a veces salen de cara y otras en contra.

Vale como ejemplo lo que pasó en Estados Unidos, pero también lo que nos ocurrió en la Eurocopa de 1996, donde caímos en los penaltis ante Inglaterra en Wembley (abajo).

Por cierto, no puedo decir que haya sido muy afortunado en las tandas de penaltis.

Perdí con en el Espanyol la final de la Copa de la UEFA ante el Bayer Leverkusen (1987-1988) y con España Sub-21 la final del Europeo de 1996 en Barcelona contra Italia. Una tanda donde fallaron Iván de la Peña y Raúl.

Paradójicamente las dos grandes figuras de ese equipo, pero es que el fútbol es así.

“Al futbolista siempre hay que entenderlo, bajo cualquier circunstancia”

Los penaltis los fallan los que los tiran. No puedes hacer nada más.

No soy un entrenador de llevar preparados los lanzadores. Para mí los once jugadores que están sobre el césped están capacitados para tirar un penalti. Lo que sí hago es elegir a cinco en el momento de tener que tirarlos. Aunque a veces los jugadores no quieren. Así pasó ante Inglaterra.

Me acerqué al primer jugador que tenía pensando, pero me dijo que no. Pasé por el segundo y sí quiso, pero el tercero también me dijo que no.

¿Y qué haces en esos momentos? Nada. Al final esas cosas pasan. Al futbolista siempre hay que entenderlo, bajo cualquier circunstancia.

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Tampoco la suerte estuvo de nuestro lado en el Mundial de Francia 1998.

De nuevo teníamos una selección para llegar muy lejos, pero caíamos en la primera fase. La derrota ante Nigeria en el primer partido nos descolocó en el grupo y no pudimos superar a Paraguay, que acabó como segunda después de que Nigeria jugara el último partido ante ellos con los suplentes.

En la vuelta a casa recibimos muchas críticas. A mí me daba igual lo que dijeran los periodistas. Incluso lo que dijeron algunos políticos, que sorprendentemente también hablaron sobre la Selección. Cada uno puede decir lo que le dé la gana. Está claro.

Pero había una línea que no iba a permitir que cruzaran: atacar a mis jugadores. Con ellos no se metía nadie.

Por eso decidí parar después de la derrota ante Chipre (primer partido de clasificación para la Eurocopa 2000). Lo hice para que no siguieran hablando. No quería que perjudicaran al equipo por ser yo el seleccionador.

Me fui de la selección como llegué. Sin pedir nada.

En 1992, después de terminar mi etapa en el Espanyol, dije que sí a la selección incluso antes de conocer las condiciones. Y seis años después fue igual. Ser entrenador de España y respetar el cargo estaba por encima de todo.

Pude despedirme de todos los jugadores, con los que todavía hoy guardo una gran relación.

Lutz Bongarts/Bongarts/Getty Images

Para mí eso es lo mejor como entrenador.

Más allá de cualquier título o victoria, está por encima de todo haber trabajado con más de 500 jugadores y convivir con ellos en más de 40 años de profesión.

Un camino que empezó un día después de salir de la clínica. Todavía en muletas.

En un partido con el Athletic de Bilbao, con 23 años, me dieron una patada que me rompió la pierna. Un problema de tibia y peroné.

Fueron siete operaciones en cinco años. La primera intervención salió mal y luego el resto ya fue solo para intentar arreglarla.

A nivel personal soportaba bien tantas operaciones porque tenía la ilusión de curarme.

Pero un día esa ilusión se acabó. Me lo dejó claro el médico: “Es mejor que no sigas porque es muy difícil que la pierna te responda a un esfuerzo tan grande como el fútbol”.

“Lo mejor en estos más de 40 años de profesión es la relación con los jugadores”

Al final logré curarme, pero para la vida normal. Para andar y correr, pero no para jugar profesionalmente. El fútbol ya solo quedó para disfrutar entre amigos y para participar en los entrenamientos con los chicos.

Arenas de Getxo fue mi primer equipo como entrenador. Subimos de categoría (de Tercera a Segunda B) en la primera temporada, en una experiencia preciosa. Después pasé al Baskonia, un equipo muy modesto del País del Vasco. De Tercera División subimos a Segunda B, pero al año siguiente no conseguimos mantenernos.

Apareció entonces el Athletic de Bilbao, para ingresar como técnico en las categorías inferiores con los juveniles.

Eso me motivaba mucho, porque trabajé con jugadores jóvenes de gran nivel, y con la ilusión de jugar en el primer equipo. Un sentimiento que yo conocía bien, porque había pasado por lo mismo que ellos en mi etapa de jugador.

Todo rodeado con la filosofía única del Athletic. Es verdad que puede ser más difícil porque solo cuentas con jugadores del País Vasco, pero eso te lleva a tener que encontrar otros recursos para competir contra los demás. Tienes que acostumbrar a los chicos a jugar de la forma en la que pueden sacar unos resultados que de otra manera igual no conseguirían.

Llegué al primer equipo por la decisión que tomó Iñaki Sáez, de quien había sido ayudante durante cinco años. En realidad, él iba ser el entrenador del primer equipo, pero a Iñaki le gustaba más dirigir la cantera que el primer equipo.

Quedé yo y mi primera decisión fue subir a once jugadores de la cantera. Todos de golpe.

Lo hice así porque quise hacer un equipo campeón. Yo sabía que los once que subían era chavales muy buenos, todos chicos de 20 años y con un gran talento.

Un equipo totalmente identificado con el público y el público con ellos. En el tiempo que estuve fue el mejor conjunto de España de largo, en cuanto a clasificaciones. Un cuarto puesto, un quinto, un tercero y dos campeonatos de Liga.

Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images

Aparte de mi tiempo con las selecciones de Serbia o Libia, en los últimos años me ha tocado vivir la otra cara del fútbol: gestionar equipos que pelean por la salvación. Hasta en ocho ocasiones.

No es que yo decidiera especializarme en ese tipo de situaciones. Simplemente los clubes te llaman y, como entrenador, valoras si es una buena oportunidad. Y todas lo eran.

Con Betis, Real Sociedad, Olympique de Marsella, Espanyol y Athletic logramos mantener la categoría.

En Tenerife, sin embargo, no tuvimos tiempo para conseguirlo. Solo fueron dos meses. En Valladolid incluso menos: siete partidos. Estuvimos cerca, pero no se pudo hacer. Como tampoco con el Murcia.

Este tipo de situaciones son más complicadas de gestionar, pero también como entrenador tienes que saber afrontarlas y, sobre todo, estar cerca del jugador.

Planificarles, orientarles… En definitiva, ayudarles en todo lo que pueda.

Como lo llevó haciendo desde el primer día. Y como seguiré haciéndolo si surge una llamada.

Porque de retirarme, nada.

Javier Clemente

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